Escucha
“Entonces María dijo: He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra.” (Lucas 1:38)
“Porque todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén, por medio de nosotros, para la gloria de Dios.” (2 Corintios 1:20)
Piensa
No todos los “sí” pesan lo mismo. Existe el “sí” por cortesía que evita el conflicto, el “sí” apresurado que se olvida al primer obstáculo, el “sí” condicionado que añade notas al pie, y el “sí” entero que se entrega sin reservas. Este último nace de la confianza. No es un salto ciego, es un paso firme hacia Aquel que no miente y que sostiene lo que promete.
El “sí” de María no fue un impulso emocional; fue la respuesta de alguien que conoce el carácter de Dios. Su consentimiento abrió camino a la vida. Así funciona el “sí” de la fe: es como una llave maestra que abre puertas cerradas por el miedo, el orgullo o la comodidad. Dios llama, no empuja. Toca a la puerta del corazón y espera una respuesta libre, porque el amor verdadero no fuerza voluntades.
Decir “sí” a Dios no ignora nuestro pasado; lo entrega para ser sanado. No niega las limitaciones del presente; las pone en manos del que puede multiplicar lo poco. Y no controla el futuro; lo confía al que ve el camino entero. El “sí” de hoy quizá tenga costo: renunciar a mi manera, pedir perdón, reconciliarme, ajustar mis prioridades, dar un paso incómodo. Pero siempre trae libertad, porque me alinea con la voluntad del Padre y me aparta de la tibieza.
Este “sí” no se pronuncia una sola vez; se renueva en lo cotidiano:
en la decisión de escuchar antes que responder,
en la integridad cuando nadie mira,
en la generosidad cuando escasea,
en la obediencia cuando no entiendo del todo.
La buena noticia es que Dios no solo pide, también capacita. Él sostiene lo que iniciamos en fe. Nuestro “sí” no se apoya en nuestro pulso, sino en su fidelidad. Por eso, cada paso de obediencia se vuelve más liviano: lo que ayer parecía imposible, hoy se vuelve natural, y mañana será gozo.
Si hoy sientes que tu “sí” ha sido a medias, no te condenes. Vuelve al punto de la invitación y entrégalo de nuevo. Él no desprecia un corazón sincero. Déjalo escribir la historia que has intentado controlar. Su “Sí y Amén” cubrirá tus vacilaciones con gracia.
Ora
Señor, hoy te doy un “sí” completo. Rindo mis condiciones, mis miedos y mis planes. Enséñame a obedecerte en lo pequeño y en lo grande, con una confianza sencilla y constante. Capacítame para caminar donde tú llames, y que mi vida sea un “amén” a tus promesas. Amén.