Escucha:
Entonces uno de ellos, viendo que había sido sanado, volvió, glorificando a Dios a gran voz, y se postró rostro en tierra a sus pies, dándole gracias; y este era samaritano. (Lucas 17:15-16)
Piensa:
Diez hombres enfermos clamaron a Jesús desde lejos. Los diez obedecieron cuando él los envió a presentarse ante los sacerdotes y los diez quedaron limpios mientras iban por el camino. Sin embargo, uno interrumpió su recorrido y regresó. Había notado lo ocurrido y decidió dar las gracias.
El samaritano tenía razones para seguir caminando. Después de vivir apartado, seguramente deseaba presentarse cuanto antes, volver con su familia y recuperar la vida que la enfermedad le había quitado. Aun así, hizo una pausa. Reconocer el regalo fue importante para él, pero también lo fue reconocer a quien lo había ayudado.
La prisa puede robarnos ese regreso. Recibimos una respuesta, terminamos una etapa difícil o encontramos a alguien que nos tendió la mano, y enseguida pasamos al siguiente pendiente. No siempre es ingratitud deliberada. A veces simplemente no nos detenemos a mirar lo que cambió.
Dar gracias requiere memoria. Quizá esta semana alguien te llamó cuando estabas desanimado, resolvió una tarea que te superaba o tuvo paciencia contigo. Puedes agradecérselo con un mensaje específico, sin frases automáticas. También puedes contarle a Dios qué provisión reconoces hoy, incluso si todavía quedan asuntos sin resolver.
El samaritano no regresó para conseguir una segunda curación. Volvió porque comprendió que había recibido algo que no podía tratar como cotidiano. La gratitud no compra el favor de Dios. Nos ayuda a no vivir distraídos frente al bien que ya hemos recibido.
Ora:
Señor, ayúdame a detenerme y reconocer tu cuidado en medio de mis ocupaciones. Trae a mi memoria las respuestas, las personas y las oportunidades que he recibido. Perdóname cuando avanzo sin agradecer. Dame palabras sinceras para reconocer a quienes me han ayudado y un corazón atento para no tratar tus bondades como si fueran algo debido.